Dos goles de Lewandowski acaban a un Madrid desconocido en la segunda mitad. Lamine y Raphinha confirman la goleada en un partido que apunta a cambio de ciclo.
La llegada de Flick le ha devuelto la grandeza al Barça y la acción a los Clásicos. El primero de su era resultó trepidante por falta de precauciones, por ritmo, por cambiante. El resultado le cargó de razón. Su plan y su equipo están muy por encima de este Madrid que ha perdido la retaguardia, la vanguardia y hasta el apetito. Fracasaron sus centrales ante un excelente Lewandowski; falló Mbappé, atrapado en la tela de araña del fuera de juego de Flick (ocho veces cayó) y sin tino en las buenas oportunidades que le ofreció el choque; dio el cante la falta de creatividad del centro del campo blanco, especialmente tras la entrada de De Jong. Así que el pulso inicial acabó en baño culé con Ancelotti y Mbappé como principales imputados.

La primera gran incógnita quedó pronto despejada. Hansi Flick, antes muerto que sencillo, trazó la línea defensiva del Barça a 50 metros de Iñaki Peña. El plan, desde que llegó, sonaba a marcianada, pero no lo es si el equipo tiene un notable porcentaje de acierto en la primera presión a los pasadores y sincronía en los defensores. Al final y al cabo, reducir el partido a campo ajeno es garantía de que nada malo puede suceder en el propio. La cosa había funcionado hasta ahora entre otras razones por la mutación de artistas en atletas, de pinceles en brochas. Pongan a Pedri el primero de la lista de jugadores vitaminados.
Flick metió en el descanso a Frankie de Jong para embridar el partido, que tomó un cauce más natural. El Barça le bajó la tensión al juego desde el toque y el Madrid decayó en su primera presión hasta la pérdida de la consciencia. Pronto tuvo reflejo en el marcador, en dos errores graves, de concentración, del equipo blanco. En el primero, Mendy se quedó enganchado y habilitó a Lewandowski, que recibió el pase vertical de Casadó y batió sin oposición a Lunin de disparo raso. Lo tuvo aún más fácil en el segundo. Balde mandó un centro al área pequeña y ahí, con Militao y Rüdiger de brazos caídos, el polaco cabeceó a la red con comodidad. Una relajación general impropia de un Clásico. En ese clima, el propio Lewandowski mandó al palo un tiro a puerta vacía y otro al fondo sur en idéntico trance.
Ese Madrid al borde del mano a mano en cada balón largo de la primera mitad había desaparecido, noqueado por sus equivocaciones y por la falta de auxilio de sus figuras, Mbappé especialmente, desatento ante la trampa del fuera de juego del equipo azulgrana. Pudo meter a su equipo en el choque, pero se estrelló dos veces con Iñaki Peña, otro que ha tomado el tren ganador de Flick. Más fácil aún lo tuvo Bellingham en un envío de Modric, llamado para el rescate. Se enredó a cuatro metros de puerta. Ocasiones así no suelen írsele al Madrid y menos en noches grandes. Los goles de Lamine, el primero de muchos ante el Madrid probablemente, y de Raphinha echaron el telón al duelo y alejaron al equipo blanco, que pudo recibir incluso mayor condena en el despiporre final, de esta Liga. Aún le queda tiempo. Habrá que ver si también le queda juego.
