A 44 años de su muerte, el vallenato todavía recuerda al hijo de Emiliano Zuleta Baquero que convirtió su corta existencia en canciones, versos y acordeones. Héctor Arturo tenía apenas 21 años cuando la muerte le cerró el camino, pero no consiguió borrar su música.

Por: Emilio Gutiérrez Yance

En Villanueva todavía resulta difícil imaginar a Héctor Arturo Zuleta Díaz convertido en un viejo de 65 años. La memoria vallenata se negó a ponerle canas y lo dejó para siempre muchacho, con el acordeón terciado, una sonrisa dispuesta para la parranda y algún verso esperando turno para salir. Este 8 de agosto se cumplen 44 años de aquella mañana de 1982 cuando la noticia de su muerte corrió desde Valledupar y cayó como piedra sobre la casa de los Zuleta. Tenía apenas 21 años. Le faltaban menos de dos meses para cumplir 22 y, quizás, toda una vida para demostrar hasta dónde podían llevarlo aquellas manos que parecían haber nacido entendiendo los secretos del fuelle.

Héctor había nacido el 29 de septiembre de 1960 en Villanueva, La Guajira, tierra donde un acordeón podía escucharse detrás de cualquier ventana y una discusión entre amigos podía terminar convertida en versos. Era hijo del legendario Emiliano Zuleta Baquero, autor de La gota fría, y de Carmen Pureza Díaz. Le correspondió crecer dentro de una dinastía donde la música prácticamente formaba parte del apellido. Por allí estaban los cantos de su padre, los acordeones familiares, las historias de parrandas y esa escuela vallenata que no tenía pupitres ni tableros: se aprendía escuchando a los mayores.

Sus primeros años estuvieron ligados al barrio Cafetal, las calles de Villanueva y las temporadas familiares en el Cerro Pintao. Antes de decidirse completamente por el acordeón pasó por la caja y la tumbadora y acompañó distintas agrupaciones. Aquello terminó siendo una escuela.
Héctor observaba, preguntaba, tocaba y volvía a tocar. Hasta que un día el acordeón dejó de ser simplemente otro instrumento de aquella casa y comenzó a convertirse en su compañero. Entonces aparecieron la rapidez de sus dedos, los arreglos y una manera de tocar que buscaba separarse, sin desconocerla, de la inmensa sombra musical de su padre.

Porque ser hijo de Emiliano Zuleta podía ser una bendición, pero también una prueba diaria. Al muchacho no le bastaba con que dijeran: “Ese es un hijo del Viejo Mile”. Quería que después de escucharlo dijeran: “Ese es Héctor”. Y poco a poco lo consiguió.

Quienes compartieron con él recordaron su facilidad para el acordeón, pero especialmente aquella capacidad para improvisar. En una parranda bastaba una pulla, una ocurrencia o una frase atravesada para que Héctor buscara la rima y devolviera la respuesta convertida en verso. La piqueria le salía con esa naturalidad que no se aprende en los libros.

También comenzó a componer cuando otros muchachos de su edad apenas estaban descubriendo qué querían hacer con sus vidas. Siendo adolescente escribió “Homenaje a la Vieja Sara”, dedicado a su abuela Sara Baquero. Después vendrían Vendo el alma, Me deja el avión, Penas de un soldado, A mano dura, Firme como siempre y Flor de mayo, entre otras composiciones.

Algunas terminaron viajando en las voces de importantes intérpretes vallenatos. Mirada desde el presente, aquella producción temprana produce una sensación extraña: pareciera que Héctor hubiera tenido prisa por escribir, como si quisiera dejar adelantadas en canciones las páginas que después no alcanzaría a vivir.

Su camino musical encontró un compañero fundamental en el cantante guajiro Adaníes Díaz. La unión comenzó a tomar fuerza cuando ambos eran jóvenes y tenían hambre de abrirse espacio en un vallenato lleno de grandes nombres.

De aquella pareja quedaron tres producciones: Sensacionales, en 1980; Pico y espuela, en 1981, y Nuevamente sensacionales, en 1982. Héctor rondaba apenas los veinte años y ya conocía el estudio de grabación, los viajes, las presentaciones y esa sensación irrepetible de escuchar el propio acordeón girando en un disco.

Sin embargo, detrás del músico estaba el muchacho. El que hacía bromas, compartía con sus amigos, se metía en parrandas y también se enamoraba. En Valledupar conoció a Luz Eneida Amaya Becerra, joven de San Diego, Cesar.

El encuentro terminó convirtiéndose en una relación de varios años, acompañada por cartas, visitas, canciones y las ausencias propias de un músico que comenzaba a recorrer caminos. De aquel amor nació, el 9 de julio de 1981, Héctor Arturo Zuleta Amaya, su único hijo. El pequeño apenas había cumplido su primer año cuando el destino le quitó a su padre.

Para comienzos de agosto de 1982 todo indicaba que la historia musical apenas empezaba. Héctor tenía discos grabados, canciones compuestas y un estilo que seguía madurando.


Pertenecía a una generación que estaba recibiendo un vallenato en plena transformación y tenía por delante todas las posibilidades. Podía seguir grabando con Adaníes, cambiar de cantante, entregar nuevas composiciones, presentarse algún día en la tarima del Festival Vallenato o tomar cualquier otro camino. A los 21 años nadie había escrito todavía el último capítulo de su carrera. Excepto la muerte.

El domingo 8 de agosto de 1982 todo terminó. Héctor murió en Valledupar y la noticia recorrió rápidamente los caminos que conducían hacia Villanueva. Sobre las circunstancias de aquella muerte han circulado durante más de cuatro décadas diferentes relatos, recuerdos y versiones que no siempre coinciden entre sí.

El tiempo fue mezclando lo sucedido con aquello que alguien escuchó contar. Por eso, frente a una historia que todavía conserva zonas confusas, lo prudente es no presentar como certeza lo que no ha sido esclarecido definitivamente. Lo indiscutible fue la dimensión de la pérdida: se había ido un padre, un hijo, un hermano y un músico de apenas 21 años.

Después llegó una de esas preguntas que nunca encuentran respuesta: ¿qué habría sido de Héctor Zuleta si hubiera vivido? Quizás habría conquistado una corona de Rey Vallenato. Tal vez habría grabado decenas de discos, formado nuevas parejas musicales o entregado canciones a las grandes voces que dominaron las décadas siguientes.

Puede que hubiese terminado convertido en uno de los acordeoneros fundamentales de su generación. Nadie puede saberlo. La muerte tiene también esa crueldad: además de llevarse una persona, se lleva todo aquello que esa persona todavía podía llegar a ser.

Cuarenta y cuatro años después, su verdadera dimensión no debe medirse solamente por la tragedia. Allí están sus grabaciones con Adaníes Díaz, las composiciones, los versos y los recuerdos familiares. Está, sobre todo, el hecho extraordinario de que un joven que no alcanzó siquiera los 22 años todavía obligue a hablar de él.

Muchos músicos tuvieron carreras de cuatro y cinco décadas; Héctor dispuso apenas de unos cuantos años y logró dejar suficientes huellas para que nuevas generaciones continúen preguntando quién era aquel hijo de Emiliano que tocaba, componía y verseaba con tanta facilidad.

Y así vuelve Héctor cada 8 de agosto. No llega caminando por una calle de Villanueva ni aparece de repente en una parranda. Regresa cuando alguien pone uno de aquellos discos y su acordeón rompe el silencio.

Entonces, durante los minutos que dura la canción, la muerte pierde otra vez la pelea: Héctor vuelve a tener 21 años, los botones responden a sus dedos y el fuelle vuelve a respirar. Después termina la melodía y queda nuevamente el silencio.

Pero siempre habrá alguien dispuesto a poner el disco otra vez. Porque a Héctor Arturo Zuleta Díaz la vida le quedó demasiado corta, pero le alcanzó la música para quedarse sonando mucho después de la muerte.

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