Por Emilio Gutierrez Yance

En Marialabaja, Bolívar, un pequeño tiene un sueño tan grande como su corazón: convertirse en policía, siguiendo el ejemplo de su madre, la patrullera María Angélica, y de su padre, el subintendente Roicer Villadiego. Una historia de amor, orgullo y vocación que cobra especial significado en el Día Dulce de los niños y las niñas.

Hay sueños que nacen entre juguetes, otros frente a una pantalla y algunos comienzan en el lugar más hermoso del mundo: los brazos de papá y mamá. El de Ángel Yesith, un niño de apenas siete años, empezó viendo cómo sus padres encontraron en el uniforme de la Policía Nacional una manera de servir a Colombia. Mientras otros pequeños imaginan conquistar las estrellas o convertirse en superhéroes, él tiene dos héroes de carne y hueso que regresan a casa después de cumplir con su deber.

En el municipio de Marialabaja, Bolívar, crece este pequeño cuya historia demuestra que la vocación también puede sembrarse en el corazón de los hijos. Su madre, la patrullera María Angélica, y su padre, el subintendente Roicer Villadiego, han hecho del servicio policial una responsabilidad que trasciende las calles y llega hasta el seno de su hogar.

Cuando le preguntan qué quiere ser cuando sea grande, Ángel Yesith no necesita pensarlo demasiado. Con esa sinceridad que solamente tienen los niños, responde: “Quiero ser policía porque tengo el orgullo de tener a mi papá y a mi mamá sirviendo a la patria”. Una frase sencilla, pero capaz de explicar en pocas palabras lo que significa crecer admirando a quienes han dedicado su vida a proteger a los demás.

Detrás de esa ilusión también está el corazón de una madre que comprende que los hijos aprenden mucho más de los ejemplos que de las palabras. Para María Angélica, ser policía y mamá representa dos responsabilidades profundamente humanas: cuidar a la ciudadanía y acompañar los primeros pasos de un pequeño que comienza a construir su propio destino.

“Mi mayor deseo es que mi hijo crezca siendo un hombre de buenos sentimientos, que respete a los demás y nunca pierda la capacidad de ayudar. Si mañana decide ser policía, quiero que lo haga por amor a las personas y con el orgullo de servir a Colombia”, expresa la patrullera María Angélica.

Su padre, el subintendente Roicer Villadiego, también forma parte de esa inspiración. Porque para un niño de siete años el verdadero significado de la palabra patria no siempre se encuentra en los libros de historia. A veces está en el abrazo de quienes lo aman, en el ejemplo cotidiano y en la certeza de que servir a los demás es una de las formas más nobles de vivir.

En El principito, el escritor francés Antoine de Saint-Exupéry dejó una frase que parece escrita para historias como esta: “Lo esencial es invisible a los ojos”. Y quizás eso sea lo más hermoso de Ángel Yesith: todavía no comprende todas las dificultades que implica la profesión de sus padres, pero reconoce algo que no necesita explicaciones, el amor y la entrega con que ambos cumplen su misión.

Por eso, en el marco de la campaña institucional “Servir es estar presentes en el Día Dulce de los niños y las niñas”, su historia invita a recordar que proteger la infancia también significa escuchar sus sueños, acompañar sus ilusiones y construir entornos donde cada pequeño pueda crecer rodeado de afecto, respeto y esperanza.

Ángel Yesith apenas comienza a escribir las primeras páginas de su vida. Todavía le quedan muchos juegos, cuadernos por llenar y caminos por descubrir. Nadie sabe qué uniforme, profesión o destino escogerá cuando sea adulto. Pero hay algo que ya lleva consigo: el orgullo de ser hijo de dos policías. Y si algún día decide seguir sus pasos, comprenderá que la herencia más valiosa que recibió de ellos no fue un uniforme, sino un corazón dispuesto a servir a los demás.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *