Su vocación nació entre partidos de fútbol en una esquina de Magangué y creció con las palabras de una tía que ya no está. Hoy, a sus 25 años, este joven patrullero se gana el cariño de los momposinos.
Por: Emilio Gutiérrez Yance
Aquel balón tenía que salir a escondidas de la casa de su tío. Después venían las carreras, los gritos de los pelaos y el alboroto de una esquina de Magangué convertida en cancha de fútbol. De vez en cuando aparecían unos policías. Los muchachos podían pensar que había llegado la hora de terminar el partido, pero ocurría algo inesperado: los uniformados se metían a jugar. Eleazar Jiménez Navas no recuerda sus nombres. Lo que nunca olvidó fue aquella manera de acercarse a los niños. Sin discursos ni promesas, esos hombres le mostraron el oficio que años después escogería para su vida.
En su casa, la palabra de los mayores se respetaba. Sus padres y abuelos, cristianos de convicciones firmes, le enseñaron a no mentir, a comportarse con humildad y a tener temor de Dios. Pero Eleazar también tuvo una infancia de rodillas raspadas, juegos callejeros y tardes que parecían no acabarse. Jugaba al calado por el medio, la lleva alzada, patitos al agua y el reloj de Nazaret. Era feliz con poco. Quizás por eso, cuando habla de aquellos años, no comienza contando lo que le faltaba, sino todo lo que disfrutó.

Hubo otra enseñanza que no recibió en ninguna escuela. Antes de vestir el uniforme trabajó en una tienda, donde cierta vez llegó un hombre alterado por un problema con un vecino. Eleazar lo dejó hablar. No tenía cómo arreglar aquella disputa, ni pretendió hacerlo. Simplemente escuchó hasta que el hombre terminó de desahogarse. Ese episodio, aparentemente insignificante, le quedó dando vueltas en la cabeza. Comprendió que detrás de una persona enojada puede haber alguien que necesita ser oído. Lo que entonces parecía una conversación cualquiera terminaría convirtiéndose en una herramienta para su trabajo.
Pero si alguien creyó en él incluso antes de verlo convertido en policía, fue su tía Shirley. Aquella mujer tenía una forma muy particular de animarlo. No le hablaba de ascensos, medallas ni puestos importantes. Le repetía una frase que hoy duele más por su ausencia: «Tú serás el policía que a mí me gustará encontrarme». Shirley murió, y Eleazar tuvo que aprender a vivir sin una de las personas que más lo alentaron. Sus palabras, sin embargo, quedaron allí, exigiéndole algo mucho más difícil que ponerse un uniforme: convertirse en un hombre al que los demás pudieran acercarse sin miedo.
La primera vez que vistió el uniforme fue en la Escuela de Carabineros Alejandro Gutiérrez, en Manizales. Recuerda las caras de sus compañeros, las sonrisas y aquella emoción difícil de disimular. Todavía no tenía la placa que tanto anhelaba, pero ya estaba viviendo una de las alegrías más grandes de su juventud. El muchacho que había crecido corriendo detrás de una pelota en Magangué se miraba ahora vestido de policía. No sabía cuántas pruebas vendrían después. Por aquellos días le bastaba con sentir que había llegado hasta donde tantas veces quiso estar.
La calle se encargó de enseñarle lo que los salones no podían. En su primera destinación conoció al capitán Satizábal, un oficial al que recuerda por su facilidad para tratar con la gente. Una vez acudieron a atender un enfrentamiento entre dos personas. Eleazar observó cómo el capitán bajó de la camioneta y comenzó a conversar con los involucrados. No necesitó humillarlos ni levantar la voz para hacerse escuchar. Al terminar, quienes momentos antes estaban enfrentados ya podían mirarse y sonreírse. Aquella escena lo marcó. Descubrió que el respeto también podía abrirse camino en medio de una discusión y empezó a mirar con otros ojos el trabajo comunitario.
Después llegó Mompox, con sus costumbres, su gente y esa tranquilidad que tanto llamó su atención. Eleazar no había nacido allí, pero empezó a sentirse parte de sus calles a medida que conocía a las familias y escuchaba sus preocupaciones. Su trabajo lo llevó a compartir actividades con niños y a conversar con vecinos que poco a poco dejaron de verlo como un desconocido. Para alguien que había escogido la Policía recordando a unos uniformados que jugaban fútbol con los muchachos de su barrio, aquellos encuentros tenían un significado especial. Era como reconocer, muchos años después, el mismo gesto que lo había llevado hasta allí.

Hay algo que a Eleazar le produce una alegría particular: que lo llamen por su nombre. No por el grado, ni por el apellido que aparece en el uniforme. Simplemente Eleazar. También disfruta los abrazos de los niños durante las jornadas comunitarias. Son gestos pequeños, pero para él representan una confianza que no se consigue dando órdenes. Ha aprendido que algunas personas necesitan orientación, otras buscan compañía y muchas solo quieren que alguien las escuche con respeto.
En esos encuentros encuentra una satisfacción que no depende de las felicitaciones ni de las condecoraciones.
No todo ha sido amable. También ha conocido de cerca el sufrimiento de familias, menores y personas vulnerables a quienes quisiera ayudar mucho más de lo que sus posibilidades le permiten. Es allí donde aparece la impotencia, ese sentimiento incómodo que no suele mencionarse cuando se habla de la vida policial. Eleazar reconoce que ha sentido temor y tristeza. Hay experiencias que lo han confrontado con sus propias limitaciones, aunque asegura que nunca ha pensado en abandonar la institución. Su historia, a los 25 años, todavía es corta, pero ya sabe que ponerse el uniforme no significa dejar de sentir.
Este 5 de noviembre, cuando la Policía Nacional celebre sus 135 años de historia bajo el lema «Patrimonio vivo de los colombianos», Eleazar Jiménez Navas tendrá una manera muy suya de entender esa conmemoración. No piensa tanto en cómo quisiera que lo recordaran dentro de muchos años, sino en la posibilidad de que los momposinos conserven de él la imagen de un hombre humilde, dispuesto a ayudar. En el fondo, sigue intentando parecerse a aquellos policías que una tarde jugaron fútbol con los niños de Magangué. Y, sobre todo, procura ser el uniformado que su tía Shirley habría querido encontrarse por la calle. Ella ya no está para verlo, pero Eleazar todavía tiene tiempo de sobra para honrar sus palabras.
