Una conversación sincera puede transformar una vida. Una amistad puede sostenernos en años difíciles. Una comida compartida puede convertirse en memoria afectiva para siempre.
Por: Alberto Linero Gómez
Hacemos la lectio divina en el grupo de oración. El texto que nos ha unido en esta ocasión es Mateo 13, 33-35. Escucho las frases que salen de seres que buscan conectar con Dios.
Me quedo pensando detenidamente en lo que comenta Alcy: “Los secretos más grandes y profundos son revelados a través de comparaciones sencillas”. La levadura que aplica una mujer al amasar la harina es usada para mostrar el Reino de Dios. Es pequeño y hace grande todo lo que toca.
El grupo termina y yo me quedo rumiando la idea. Pienso en la necesidad humana de creer que lo importante se expresa en lo excepcional y cómo esto se vuelve un obstáculo para descubrir lo esencial en lo simple y sencillo de la vida.
Tiene sentido que Dios se revele en lo sencillo, porque la mayor parte de la vida ocurre en lo cotidiano, en lo que no produce emociones fuertes y que, tal vez, no es costoso económicamente. La mayor parte de la vida se hace en los días comunes, en las conversaciones de una tarde cualquiera, en la llamada inesperada de un amigo, en la mesa que se comparte, en un instante de silencio al comenzar la mañana. Allí transcurre la existencia real y allí es donde podemos encontrar el misterio de Dios.
Uno de los errores de nuestro tiempo es creer que la felicidad siempre está en otra parte. En el próximo viaje, en el próximo logro, en la próxima etapa. Como si ella fuera un acontecimiento extraordinario que no ha llegado. Mientras tanto, la vida pasa delante de nosotros vestida de normalidad y muchas veces ni la reconocemos.
Eso implica actitudes muy concretas y seguramente muy espirituales: ser un buen observador, tener momentos de pausa, vivir lentamente, saber sentir, oler, gustar, escuchar con atención y ver profundamente.
Me gusta pensar que las cosas pequeñas tienen una profundidad que solo descubren quienes aprenden a prestar atención. Una conversación sincera puede transformar una vida. Una amistad puede sostenernos en años difíciles. Una comida compartida puede convertirse en memoria afectiva para siempre. Un momento de silencio puede ayudarnos a escuchar lo que el ruido cotidiano nos impide percibir. Y seguro ahí encontramos a Dios con su verdad de amor, que sana, libera, da fuerza y hace que la vida tenga sentido.
No se trata de despreciar los grandes acontecimientos. También tienen su lugar. Se trata de recordar que la vida no está compuesta principalmente por excepciones, sino por rutinas, encuentros sencillos y gestos aparentemente insignificantes. Necesitamos liturgias más sencillas en las que podamos verlo a Él y no distraernos con el humo o las vestiduras elegantes.
@Plinero
