En vísperas del 16 de julio, revive la historia de la imagen que el acordeonero le obsequió al Cacique de La Junta y que terminó ocupando un lugar especial en su vida, sus canciones y el corazón de millones de seguidores.
Por: Emilio Gutiérrez Yance
La Virgen del Carmen seguía allí. Sobre su corona descansaba un sombrero vueltiao que el tiempo no había logrado mover. A sus pies había flores frescas, varias velas consumidas y una Biblia abierta. El silencio de la sala era tan profundo que parecía escuchar las oraciones que años atrás pronunciaba de rodillas Diomedes Díaz cada vez que regresaba a la finca Los Brasilitos, en Carrizal. Nadie imaginaba que aquella imagen había llegado hasta ese lugar gracias a un regalo de Juancho Rois.
En vísperas del 16 de julio, cuando Colombia se prepara para honrar a la patrona de los conductores y de millones de creyentes, vuelve a cobrar vida una historia que el propio Diomedes dejó escondida entre los versos de una canción. Hace 33 años, en Un canto celestial, reveló sin proponérselo el destino de aquella Virgen. Cantó: «Me regaló Juancho Rois la Virgen del Carmen… y ahora la tengo en Carrizal, la tierra donde yo nací». Aquellas palabras bastaron para emprender el viaje.
La búsqueda comenzó en Valledupar. Después vinieron San Juan del Cesar, La Junta y finalmente Carrizal. El último tramo obligó a abrir un portillo y caminar cerca de veinte minutos por una trocha donde el monte olía a verano y el viento parecía contar historias viejas. Al fondo apareció una casa campesina rodeada de árboles. Allí esperaba la respuesta.
La puerta la abrió Ana Mercedes González, quien durante años cuidó la finca. Sin conocer a los visitantes ofreció un tinto caliente y unas galletas de soda. Cuando escuchó que la razón del viaje era conocer la Virgen de Diomedes, sonrió y respondió con sencillez: «Pasen, ella está donde siempre ha estado».
En la sala permanecía la imagen. Las flores recién cambiadas, las velas encendidas y el sombrero vueltiao sobre la corona hacían entender que no era un simple adorno religioso. Antes de hacer preguntas nació una oración espontánea. Después habló Ana Mercedes. «Desde que Diomedes la trajo nunca dejamos de cuidarla. Siempre tenía flores, velas y muchas oraciones. Él venía, se arrodillaba, lloraba y le hablaba como una madre».
Entonces apareció el nombre de Juancho Rois. «Siempre decía que esa Virgen había sido un regalo de Juancho», recordó la mujer. Y tenía sentido. Juancho conocía como pocos el corazón de Diomedes. Sabía que detrás del artista admirado por multitudes existía un hombre profundamente creyente. Por eso no le regaló una cadena, un reloj o un acordeón. Prefirió entregarle protección.
La devoción de Diomedes venía desde la infancia. En La Junta aprendió de sus padres, Rafael María Díaz y Elvira Maestre, que el 16 de julio era una fecha sagrada. Aquella enseñanza nunca se borró. Con el paso de los años terminó convertida en versos que millones de personas aprendieron a cantar casi como si fueran oraciones.
La Virgen del Carmen aparece una y otra vez en su obra. En Mi primera cana le agradece por las bendiciones recibidas. En Puro amor le pide vida para seguir amando. En A mitad del camino recuerda con emoción el 16 de julio. Y cuando el síndrome de Guillain-Barré lo dejó inmóvil durante meses, volvió a refugiarse en ella en Volver a vivir, una confesión hecha canción que estremeció a todo el país.
Sin darse cuenta, Diomedes hizo que muchos de sus seguidores también encontraran un camino hacia la Virgen del Carmen. En cada presentación le llevaban escapularios, estampas e imágenes. Otros repetían una frase que terminó siendo una declaración de confianza absoluta: «Virgen del Carmen, dame vida, dame salud, que lo demás lo resuelvo yo». Era su manera de entender la existencia.
El 22 de diciembre de 2013 el Cacique guardó silencio para siempre. Sin embargo, la Virgen que un día le regaló Juancho Rois continúa en la finca Los Brasilitos, con el sombrero vueltiao sobre la corona, las velas encendidas y las flores renovadas. Allí sigue esperando, como si todavía escuchara la voz de aquel hombre que convirtió la fe en versos y logró que millones de colombianos pronunciaran el nombre de la Virgen del Carmen con la misma emoción con la que cantaban un vallenato.
