La felicidad está en la presencia física de los seres que amamos, en las conversaciones largas en las que repetimos las mismas anécdotas, en los besos que nos damos, en las risas emocionadas que nos producen lo ridículos que podemos llegar a ser cuando nos sentimos en confianza.

Por:Alberto Linero Gómez

Tengo miedo de que la vida toda quepa en el celular. En él me comunico, me divierto, me informo, me instruyo, trabajo y hasta rezo. El miedo no nace de una fobia a la tecnología, que me hace la vida más cómoda. Lo que sí temo es que me aísle y me recluya en el estudio, donde paso gran parte de mis días.

Estoy seguro de que la felicidad necesita el encuentro con la naturaleza, el diálogo, la cercanía física con las personas y la posibilidad de estar lejos de la tecnología. Es que hay experiencias que solo ocurren cuando dejamos el teléfono a un lado.

Por ello me he propuesto revisar mis rutinas. Necesito regalarme espacios donde la tecnología no tenga la última palabra: trabajar con las manos, caminar despacio, detenerme a oler las flores del parque y a escuchar las olas del mar. Necesito salir del estudio para tomar un café con alguno de mis pocos amigos, sentarme a una mesa de dominó solo por el gusto de conversar mientras tiramos fichas, caminar descalzo por el borde donde se encuentran la arena seca y el mar, y bailar con Alcy inventándome unos pasos que harían reír a cualquier profesor de baile.

Porque una cosa es que la tecnología nos ayude a vivir. Muy distinta es que nos convenza de que puede reemplazar la experiencia de vivir. La felicidad no está solamente en los logros, que en una sociedad obsesionada con la eficiencia y el mérito siempre parecen insuficientes. Tampoco está en la plata que tenemos en el banco, porque nunca llena el vacío del corazón. La felicidad no está en las fotos ni en los videos editados de Instagram. Con frecuencia muestran una vida que no existe y terminan lastimándonos. Tampoco está en los likes de personas anónimas a las que realmente no les importamos.

La felicidad está en la presencia física de los seres que amamos, en las conversaciones largas en las que repetimos las mismas anécdotas, en los besos que nos damos, en las risas emocionadas que nos producen lo ridículos que podemos llegar a ser cuando nos sentimos en confianza. Sí, la felicidad está en la suma de todo eso. En las relaciones profundas que tenemos, y por eso te pregunto lo que hace unos días le pregunté a mis lectores de redes:

¿Hace cuánto no compartes una comida sin mirar el teléfono? ¿Cuándo fue la última vez que llamaste a un amigo sin tener un asunto urgente que resolver? ¿Hace cuánto no visitas a un familiar solo para estar con él? Que tus respuestas te ayuden a comprender si estás reduciendo la vida a experiencias mediadas por una pantalla. Hoy puedes tomar la decisión de levantar la mirada de la pantalla para encontrarte con el olor, el sabor y el color de la vida compartida.

@Plinero

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