El pasado 17 de septiembre, a los 94 años, murió Ludmila Javorová. Permaneció hasta el final dentro de la Iglesia que nunca reconoció como válida su ordenación.
Por:Alberto Linero Gómez
Hacía mucho frío en Brno. Eran días de invierno y el sol se ocultaba rápidamente. Una mujer de 38 años, vestida de negro, abrió la puerta de su casa con sumo cuidado. Antes de salir miró alrededor para asegurarse de que nadie la vigilaba. Tenía una cita importante a las afueras de la ciudad. Se llamaba Ludmila Javorová.
Era la Checoslovaquia de 1970, sometida al régimen comunista y todavía marcada por la invasión soviética de 1968. La vida cotidiana conservaba cierta apariencia de normalidad, pero imperaba una cultura del silencio. Criticar públicamente al régimen podía traer duras consecuencias.
La Iglesia católica también estaba sometida a fuertes restricciones. Había sacerdotes y obispos encarcelados y el Estado controlaba quién podía ejercer públicamente el ministerio. Para sobrevivir a la persecución se desarrolló una Iglesia clandestina.
Uno de sus obispos era Felix Maria Davídek, sacerdote de la diócesis de Brno que había pasado catorce años en prisión. En 1967 había sido consagrado clandestinamente obispo. Con él tenía la cita Ludmila.
Davídek le había hecho una propuesta extraordinaria: ordenarla presbítera.
Había una necesidad pastoral. Las mujeres encarceladas, entre ellas religiosas y otras católicas, podían quedar sin atención sacramental porque los sacerdotes varones no tenían acceso a las prisiones femeninas. Una mujer de la Iglesia clandestina podía llegar hasta ellas. La posibilidad de ordenar mujeres había sido discutida, con fuertes desacuerdos, pocos días antes en un sínodo clandestino.
Ludmila tenía formación teológica y años de compromiso pastoral. Años después recordaría haber sentido una seguridad interior tan profunda que negarla habría significado traicionar algo de sí misma.
El 28 de diciembre de 1970, en la casa de Davídek, Ludmila fue ordenada primero diaconisa y después presbítera. Leo Davídek, hermano del obispo, fue testigo de la ceremonia. Su ministerio tuvo que permanecer en la clandestinidad.
Todo cambió con la caída del comunismo. La Iglesia católica no reconoció como válida su ordenación y le prohibió ejercer el ministerio sacerdotal. Ludmila acató la decisión, aunque siguió considerando auténtica su vocación. No abandonó la Iglesia. Continuó vinculada a ella y enseñando religión.
El pasado 17 de septiembre, a los 94 años, murió Ludmila Javorová. Permaneció hasta el final dentro de la Iglesia que nunca reconoció como válida su ordenación.
Respeto que la Iglesia tenga razones para declarar inválida aquella ordenación. Lo que no puedo creer es que la gracia de Dios quede encerrada en nuestros límites canónicos.
@Plinero
