Porque estoy plenamente convencido de que solo podemos construir comunidad si nos reconocemos en aquellas cosas que de alguna manera tenemos en común y que nos invitan constantemente a entendernos como iguales, pase lo que pase.

Por Alberto Linero Gómez

Despierto antes de que suene la alarma. Son las 4 de la mañana. Me tardo en ubicarme espacialmente. Estoy en Siem Reap, en el noroeste de Camboya. Alcy todavía duerme. Aprovecho para dar gracias por lo que soy y tengo. Una emoción intensa de alegría y de sorpresa recorren mi ser, y es que iré a ver el amanecer en Angkor Wat, que es el complejo de templos religiosos más grande del mundo. He visto las imágenes de esta maravilla Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1992 y quiero estar ahí ya.

Al llegar está oscuro. Solo se ve la silueta del templo en el horizonte. Justo en ese momento en el que va llegando la claridad a esa belleza arquitectónica construida en la primera mitad del siglo XII (entre 1113 y 1150) por el rey Suryavarman II del Imperio Jemer, se empieza a reflejar en el espejo de agua del lago que está en la entrada. El sol comienza a hacerse presente y el espectáculo es sublime. Todo está en silencio. Los humanos que estamos allí presentes dejamos que la luz del sol no solo inunde cada rincón de estos templos, sino que también lo haga en nuestro corazón.

Pronto hay una variada mezcla de rojos, naranjas y ámbar en el telón azul del cielo. Los árboles verdes son testigos mudos de esa belleza. El reflejo del amanecer en el lago genera ahora una sensación de estar en otra dimensión. Agarro la mano de Alcy, habíamos decidido no grabar con el celular, sino hacerlo con los ojos de nuestra cámara más potente: el corazón.

Los colores van cambiando en intensidad y parecieran una historia contada en pequeños e intensos capítulos. Las cinco torres centrales, que simbolizan el monte Meru, sobresalen con su color oscuro en esa gran pintura natural. Allí se vive un eclecticismo religioso interesante, ya que al principio esa construcción fue un templo hinduista dedicado a Visnú y luego un centro de culto budista. Eso muestra una mentalidad distinta a la nuestra, que solo sabe dividir y separarse del otro para identificarse.

Ya la claridad lo inunda todo y es de día. En el corazón una frase se repite: “Jesús mi sol que nace de lo alto” (Lucas 1, 78). Hay que volver al hotel para prepararnos a seguir conociendo Camboya, y seguro lo haremos celebrando lo que nos une en medio de tanta diversidad. Porque estoy plenamente convencido de que solo podemos construir comunidad si nos reconocemos en aquellas cosas que de alguna manera tenemos en común y que nos invitan constantemente a entendernos como iguales, pase lo que pase. Llego al hotel y mientras me dispongo al desayuno sonrío agradeciendo al Dios que crea lo bello y se nos muestra en él.

@Plinero

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