Es que la alegría humana también puede ser espacio de la acción de Dios. Celebrar lo bueno que ocurre, compartir la alegría de otros y agradecer la vida tienen una dimensión espiritual. Siempre me ha resultado sospechosa una espiritualidad que sospecha de la alegría.
Por Alberto linero Gómez
La brisa sopla y silba al colarse por la ventana. Ese sonido agudo me despierta. Alcy duerme a mi lado. Suelo dormir fácilmente, pero en ese momento una pregunta intensa revolotea en mi mente: ¿Por qué me gusta tanto la propuesta existencial de Jesús de Nazaret? Me levanto y voy hasta la sala.
Allí tomo posición de oración creo que con el cuerpo también se ora y la respuesta más clara que encuentro es que Jesús me enseñó que Dios se revela en la cotidianidad, en lo sencillo. Sonrío porque se me viene a la cabeza una expresión que dije en uno de los programas de Caracol TV de la mañana: Jesús nos mostró que la mesa, los amigos y las celebraciones son lugares donde también encontramos a Dios.
Al leer los evangelios nos damos cuenta de que Jesús no solo enseña en sinagogas o caminos. Él revela el Reino comiendo con otros. Se sienta con publicanos, pecadores, amigos y discípulos. La mesa se vuelve lugar de acogida, conversación, reconciliación y pertenencia. Ahí Dios aparece no como una idea abstracta, sino en el gesto de hacerle sitio al otro. Sentarse con alguien significa reconocerlo, darle un lugar y entrar en relación con él. (Lucas 5,29-32; 19,1-10).
Me acuerdo de las bodas de Caná (Juan 2,1-11) y pienso en la celebración de ese día. Imagino que algunos religiosos de hoy no hubieran ido. Seguramente habrían dicho: «Eso de estar en una fiesta no es de Dios». Y Jesús está allí cuando una familia y sus invitados están celebrando. Jesús no aparece condenando la fiesta, sino participando de ella. Es que la alegría humana también puede ser espacio de la acción de Dios. Celebrar lo bueno que ocurre, compartir la alegría de otros y agradecer la vida tienen una dimensión espiritual. Siempre me ha resultado sospechosa una espiritualidad que sospecha de la alegría.
Jesús tuvo afectos concretos. Amó personas, visitó sus casas, compartió su dolor y permitió que vieran sus propias lágrimas. La amistad no fue un detalle secundario de su humanidad. De hecho, a los discípulos prefirió llamarlos amigos (Juan 15,15). Si Jesús necesitó y cultivó la amistad, nosotros no tenemos por qué vivir la fe en soledad. En el compartir sincero, honesto, leal, solidario y afectuoso de la amistad conocemos a Dios.
El sueño comienza a ganarme. Voy de nuevo a la cama y pienso en los discípulos de Emaús (Lucas 24,13-35). Allí Jesús resucitado aparece en un camino, en una conversación, en una casa y alrededor de una mesa. Dios se deja encontrar en acciones cotidianas. La brisa se silencia y, con cuidado, para no despertar a Alcy, me meto bajo las sábanas.
@Plinero
