Por Gerardo Joleanis Bello
Hace 80 años desde que nació David Sánchez Juliao, el tipo que volvió los cuentos algo común mucho antes de internet. En 1975, él grabó en una cinta dos historias por un lado «¿por qué me llevas al hospital en canoa, papá?» y del otro «el pachanga».
Esa idea cambió el gusto de la gente en Colombia que compraba esas cintas junto a discos de música bailable, igual que si fuera un disco de salsa. Escuchaban con emoción real. Así, más personas llegaron a la lectura sin necesidad de libros. Taxistas, vendedores en la calle o mujeres que cuidan sus casas escuchaban los cuentos del bajo Sinú aunque no supieran leer. El narrador daba vida a cada figura, marcaba bien las voces al hablar y componía el ambiente como si fuera una vieja radio novela contada en vivo.
La música se dio cuenta del impacto. Sánchez Juliao consiguió cinco platinos con Sonolux junto a premios dorados de MTM, metas normalmente para artistas musicales. Sus «Historias Esenciales» salieron primero en vinilos, después en cintas y más tarde en discos compactos, cambiando según la tecnología nueva. Las ventas fueron mejores de lo pensado.
Desde 1975 hasta 1981, él lanzó «El Flecha», también «El Pachanga», luego «Abraham al Humor», además «Fosforito» y por último «Pedrito el soñador». Estas producciones tuvieron buena acogida, peleando en ventas contra orquestas de salsa y grupos vallenatos de ese tiempo. El autor Ramón Illán Bacca llamó a esto «literatura-casete», una categoría creada por un loriquero antes de que EE.UU. o Europa manejaran la idea del audiolibro comercial.
La clave estaba en cómo se contaba: no usaba una voz plana, sino que Sánchez Juliao daba vida a cada personaje con tonos distintos. Su impacto fue más allá de los libros. Figuras como El Flecha o Abraham al Humor se metieron en la cabeza de todos, igual que los cantantes famosos.
La gente repetía sus diálogos, copiaba sus voces y hasta usaba sus frases en el día a día. Ahora que mucha gente escucha historias en apps como Spotify o Audible, casi nadie piensa que un autor del Caribe ya hacía esto hace cincuenta años, ofreciendo cuentos donde antes solo había discos de salsa.
