Alfonso Batista Jiménez, el hombre que decía haber nacido «con un bate, una manilla y una bola de béisbol», ochenta años después finalmente entró a un estadio de Grandes Ligas. En mi oración de esta noche solo puedo dar gracias por ser testigo de tanto amor.
Por Alberto Linero Gómez
Con su voz grave de locutor radial y su mirada amable me dice: Es que yo nací con un bate, una manilla y una bola de béisbol.
Comienza a relatarme sus partidos de juventud y su paso por los campeonatos nacionales de sóftbol. Eso me lo dice antes de entrar al LoanDepot Park, el estadio de los Miami Marlins. Su sueño había sido no morirse sin presenciar un partido de Grandes Ligas. Ahora, gracias al amor y generosidad de su sobrina Alcy, lo va a cumplir. Llegamos al estadio y nos sumergimos en todo el ritual que rodea el comienzo de un partido de Grandes Ligas. A sus 80 años camina con paso lento y seguro. Sus ojos brillan de emoción.
Entramos y unas lágrimas asoman en su rostro. Mira cada detalle con sus ojos de investigador científico que sabe sorprenderse con cada hallazgo. Alcy y yo somos sus fotógrafos; queremos que no solo quede en su memoria, sino en las fotos para los suyos. Nos acomodamos en los asientos detrás del cácher y comenzamos a ver el juego de los Miami Marlins contra los Dodgers. Él se sabe la alineación de la novena de Los Ángeles. Nos cuenta las características de los peloteros. Se nota que vino preparado para el partido.
El juego es espectacular. Tal vez la jugada de mayor emoción ocurre cuando Kyle Tucker, el jardinero de los Dodgers, batea un grand slam. Él se levanta y, con sus brazos, parece estar en la fila de los compañeros del jonronero para felicitarlo. Está pleno de dicha. La algarabía del estadio me impresionaba que, siendo locales los Marlins, hubiera más aficionados de los Dodgers y la sensación de júbilo que recorría todas las gradas hacían que cumplir su sueño fuera una experiencia sublime.
El partido termina. Ganan los Dodgers 6-2. Salimos en esa fila ritual de los aficionados que conversan sobre lo que acaban de presenciar, como queriendo prolongar la emoción de las jugadas. Él sigue en ese mundo maravilloso de los sueños realizados. Me dice que el partido tuvo de todo. Bromeando le digo que la sobrina lo había preparado para él. Sonríe agradecido. Todavía sigue hablando de las jugadas. Llegamos a casa fatigados de tantas emociones. Él va directo a su celular, seguramente para contarles a sus hijas lo que ha vivido.
Alcy y yo entramos a la habitación. Le doy un beso y le agradezco tener su corazón. Ella sonríe. La abrazo para sentirla. Alfonso Batista Jiménez, el hombre que decía haber nacido «con un bate, una manilla y una bola de béisbol», ochenta años después finalmente entró a un estadio de Grandes Ligas. En mi oración de esta noche solo puedo dar gracias por ser testigo de tanto amor.
@Plinero
