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Por: Emilio Gutiรฉrrez Yance
En el antiguo Tierra Santa de Maganguรฉ hay un hombre al que casi todo el mundo saluda, aunque pocos sepan cรณmo se llama. Para algunos es simplemente ยซmi amigoยป; para otros, ยซel muchacho de los cartonesยป. No necesita presentarse. Basta verlo llegar en su silla de ruedas, con varios pedazos de cartรณn cuidadosamente organizados sobre las piernas, para entender que hace parte del paisaje cotidiano de ese rincรณn del centro donde el comercio despierta antes que el sol.
Se llama Javier de la Cruz Ruiz Mendoza. Tiene 41 aรฑos y carga una historia que comenzรณ a escribirse demasiado pronto. Cuando apenas tenรญa un aรฑo y nueve meses, la poliomielitis llegรณ sin pedir permiso. Desde entonces dejรณ de caminar, pero nunca dejรณ de avanzar. Aprendiรณ que la vida no siempre se mide por la fuerza de las piernas, sino por la fortaleza del corazรณn.
Todos los dรญas sale de su casa con el mismo propรณsito: rebuscarse el sustento con dignidad. No vende dulces, no canta en los semรกforos, no extiende la mano para pedir limosna. Su trabajo es diferente. Se acerca a las motocicletas y a los carros estacionados en el centro y les coloca un pedazo de cartรณn sobre el asiento para que el inclemente sol de Maganguรฉ no los convierta en una plancha ardiente. Cuando los propietarios regresan, muchos le dejan una moneda, un billete o simplemente un ยซDios lo bendigaยป. Con eso vive.
Los dรญas buenos le regalan cuarenta mil pesos. Los malos apenas diez mil. Pero Javier nunca habla de mala suerte. Dice que mientras haya algo para llevar a la casa, el dรญa ya valiรณ la pena. Cuando el calor arrecia y el pavimento parece derretirse, debe retirarse porque el sol afecta su salud. Entonces espera unas horas y vuelve. Sabe que el trabajo tambiรฉn consiste en aprender a esperar.
En el barrio donde vive lo conocen por su carรกcter sereno y su voluntad inquebrantable. Muchas veces algรบn vecino le lleva un almuerzo o le ofrece un plato de comida. รl lo recibe con una sonrisa sincera, de esas que nacen del agradecimiento y no de la obligaciรณn. Nunca ha perdido la costumbre de dar las gracias, porque entiende que la solidaridad tambiรฉn alimenta.
Javier no habla mucho de sus dificultades. Prefiere hablar de fรบtbol. Basta mencionar a la Selecciรณn Colombia para que sus ojos cambien de brillo. Conoce jugadores, recuerda partidos, discute formaciones y celebra cada gol como si estuviera en la tribuna del estadio Metropolitano. Es un hincha de esos que nunca abandona, ni en las victorias ni en las derrotas.
Sin embargo, habรญa una ilusiรณn que siempre guardรณ en silencio. Nunca habรญa podido comprar la camiseta amarilla de la Selecciรณn Colombia. No porque no la quisiera, sino porque entre los sueรฑos y las necesidades siempre ganaban las necesidades. Primero estaba la comida, luego el transporte y despuรฉs todo lo demรกs.
Ese pequeรฑo sueรฑo llegรณ hasta la Policรญa Comunitaria del Departamento de Policรญa Bolรญvar. Los uniformados decidieron sorprenderlo sin cรกmaras, sin discursos y sin esperar reconocimiento alguno. Simplemente llegaron hasta su lugar de trabajo con una bolsa entre las manos.

Cuando Javier descubriรณ la camiseta, el tiempo pareciรณ detenerse. La tomรณ con cuidado, como quien recibe algo que habรญa imaginado durante aรฑos. Pasรณ lentamente la mano sobre el escudo de Colombia, respirรณ profundo y sonriรณ con esa alegrรญa limpia que solo conocen quienes han esperado mucho tiempo por algo aparentemente sencillo.
ยซNunca pensรฉ que iba a tener esta camiseta. Siempre la veรญa y decรญa: algรบn dรญa serรก. Hoy ese dรญa llegรณ. La voy a cuidar como el regalo mรกs bonito que me han dado, porque aquรญ no solo estรกn los colores de Colombia; tambiรฉn estรก el cariรฑo de personas que pensaron en mรญยป, dijo Javier mientras se acomodaba orgulloso la camiseta sobre el pecho.
Para el coronel Diego Fernando Pinzรณn Poveda, comandante del Departamento de Policรญa Bolรญvar, estas acciones representan la esencia del servicio policial. ยซNuestra misiรณn tambiรฉn consiste en acercarnos a la comunidad, escuchar sus historias y demostrar que detrรกs del uniforme hay seres humanos comprometidos con el bienestar de quienes mรกs lo necesitan. Servir tambiรฉn significa sembrar esperanza.ยป
Esa tarde el centro de Maganguรฉ siguiรณ igual. Los vendedores continuaron ofreciendo sus productos, las motocicletas llegaron y se marcharon, el calor siguiรณ cayendo sobre el asfalto y Javier volviรณ a colocar cartones sobre los asientos, como lo hace todos los dรญas.

La diferencia era otra.
Ahora, debajo de aquel sol que tantas veces lo obligรณ a detenerse, habรญa un hombre trabajando con la camiseta amarilla de la Selecciรณn Colombia sobre el pecho. Y mientras acomodaba un cartรณn mรกs, parecรญa demostrar que los sueรฑos no siempre llegan en los grandes momentos de la vida. A veces llegan silenciosamente, en una bolsa sencilla, llevada por unas manos amigas, para recordarnos que la verdadera victoria consiste en no dejar que las dificultades le ganen el partido a la esperanza.
