Los salmos ponen palabras donde nuestra mente no las encuentra para expresar lo que se está sintiendo.

Por:Alberto Linero Gómez

La brisa del mar entraba por los amplios corredores del Seminario Regional Juan XXIII y llenaba de frescura los salones de clase. Allí hice la primera etapa de mi formación. Fueron años de estudio, oración, fútbol y largas conversaciones que terminaron orientando mi vida. Uno de los grandes tesoros que encontré durante esa etapa fueron los salmos. No solo porque oramos con ellos todos los días, sino porque en la clase del padre Carlos Eduardo Zapata entendí por qué los salmos han acompañado la oración de tantas generaciones

Los salmos me enseñaron que debía hablar con Dios desde la vida real. En estas letras no aparece una oración idealizada. Con ellos aprendí a pelear con Dios y reclamarle que no había justicia en lo que me estaba pasando. Canté de alegría cuando un sueño se hizo realidad. Varias veces llegué en silencio, con la cabeza gacha, cuando reconocí que me había equivocado. En los versos de los salmos caben la alegría y el miedo. También la rabia, la culpa, el cansancio, la gratitud e incluso la protesta. Se le habla a Dios desde lo que uno está viviendo. Por eso los salmos nos enseñan que la oración comienza siendo sinceros y sencillos. Aprendí que la oración pide las mismas palabras que usamos al hablar con un amigo.

Los salmos ponen palabras donde nuestra mente no las encuentra para expresar lo que se está sintiendo. Todos tenemos momentos en que sabemos lo que sentimos, pero no sabemos expresarlo. El salmista presta su voz al creyente. Por eso han sido durante siglos el libro de oración del Israel bíblico, de Jesús y de la comunidad eclesial. Cuando faltan las expresiones propias, los salmos ofrecen un lenguaje para dialogar con Dios.

No son solo textos para leer y meditar. Cuando he llegado triste he encontrado en ellos paz y serenidad. No pocas veces he sentido cómo se multiplica mi alegría al leerlos en un momento de victoria. Ellos nos transforman.

Los salmos nos hacen parte de una comunidad que ora. Cuando oramos con ellos sabemos que no estamos solos. Al orarlos nos unimos a la oración del pueblo de Dios, de Jesús, de la Iglesia y de millones de creyentes a lo largo de la historia.

Todavía hoy oro con los salmos, aunque ya no tenga la obligación de rezar la Liturgia de las Horas. Es que todavía mi corazón necesita ser acompañado para expresarse. Años después regresé al mismo seminario, esta vez como formador. Volvía a sentir la brisa que recorría aquellos corredores y pude enseñar a otros aquello que un día aprendí sentado en esas mismas aulas. Siguen siendo mi escuela de oración.

@Plinero

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