Antes de que el cantante ocupara el lugar principal en el escenario, un muchacho nacido en La Paz, Cesar, decidió demostrar que una canción también podía interpretarse con el alma. Esta es la historia del hombre que convirtió su voz en patrimonio del folclor colombiano.

Por: Emilio Gutiérrez Yance

Todavía hay madrugadas en La Paz, Cesar, en las que el viento parece detenerse sobre los trupillos antes de seguir camino hacia Valledupar. Los viejos dicen que no es un capricho de la naturaleza. Aseguran que el viento se queda buscando aquella voz que un día hizo guardar silencio hasta a los gallos del pueblo. Era la voz de Jorge Antonio Oñate González, un muchacho que nació el 31 de marzo de 1949 sin imaginar que terminaría cambiando para siempre la historia del vallenato. Mucho antes de que Colombia lo bautizara como «El Jilguero de América», ya era el cantor que hacía que las parrandas amanecieran sin que nadie quisiera levantarse de la silla.

En aquellos años el vallenato tenía un orden que parecía imposible de modificar. El rey era el acordeonero. El cantante apenas servía de apoyo y pocas veces aparecía en los afiches. El público preguntaba quién tocaba el acordeón, no quién llevaba el micrófono. Así crecieron las primeras generaciones de juglares. Pero la historia estaba a punto de cambiar porque en La Paz un joven entendía que la voz también podía emocionar, narrar y convertirse en protagonista sin restarle importancia al acordeón.

Los mayores recuerdan que Jorge no necesitaba levantar la voz para hacerse notar. Bastaba abrir la boca para que todos voltearan a mirarlo. Su afinación era impecable y poseía un timbre robusto que llenaba cualquier patio donde hubiera una parranda. Mientras otros soñaban con aprender a dominar los fuelles del acordeón, él estaba convencido de que su destino estaba en interpretar las historias que escribían los compositores. Aquella convicción, que muchos consideraban un atrevimiento, terminó convirtiéndose en una revolución silenciosa para el folclor.

El destino quiso que su primer gran compañero fuera el Rey Vallenato Colacho Mendoza. La unión parecía escrita desde mucho antes de que ambos se encontraran. El acordeón elegante de Colacho y la potencia interpretativa de Jorge comenzaron a recorrer casetas, festivales y pueblos, demostrando que el cantante podía ocupar un lugar tan importante como el acordeonero. Desde entonces el público empezó a preguntar por Jorge Oñate con la misma admiración con la que preguntaba por los reyes del acordeón.

Después llegarían alianzas memorables con Juancho Rois, Álvaro López, Julián Rojas, «El Cocha» Molina y otros acordeoneros que encontraron en él un intérprete excepcional. Cada producción tenía una identidad distinta, pero todas conservaban un sello inconfundible: Jorge nunca cantaba por cantar. Primero buscaba entender el sentimiento del compositor. Quería conocer la historia que escondían los versos porque repetía que una canción solo podía emocionar cuando el intérprete creía en ella.

Esa manera de asumir el oficio hizo que compositores como Gustavo Gutiérrez Cabello, Hernando Marín, Rosendo Romero, Fernando Dangond, Leandro Díaz, Rafael Escalona y muchos otros confiaran sus obras a su voz. Sabían que Jorge respetaría cada palabra. No exageraba las interpretaciones ni buscaba lucirse por encima de la composición. Su mayor virtud consistía en hacer que el oyente creyera que aquella historia le estaba ocurriendo en ese mismo instante.

Las parrandas fueron otra de sus grandes escuelas. Quienes tuvieron el privilegio de compartir con él recuerdan a un hombre alegre, de conversación pausada y memoria prodigiosa. Era capaz de pasar horas evocando a los viejos juglares, relatando cómo había nacido una canción o recordando alguna travesía por los caminos polvorientos del Cesar y La Guajira. En esas reuniones nunca faltaban las carcajadas, el café al amanecer y un acordeón dispuesto a seguir contando historias hasta que el sol apareciera sobre los montes.

Los reconocimientos llegaron como consecuencia natural de una carrera construida con disciplina. Fue el primer cantante de vallenato en recibir un Disco de Oro, llenó escenarios dentro y fuera del país y dejó grabadas decenas de producciones que hoy forman parte de la memoria musical de Colombia. Sin embargo, quienes mejor lo conocían aseguran que el mayor premio siempre fue escuchar a la gente corear sus canciones en una caseta popular o en una parranda familiar.

El tiempo convirtió en clásicos interpretaciones como «Nació mi poesía», «Ruiseñor de mi valle», «No comprendí tu amor», «La aplanadora» y muchas otras que siguen sonando con la misma fuerza de cuando fueron grabadas. En ellas quedó retratada la sensibilidad de un artista que comprendió que el vallenato no era únicamente música: era la forma más hermosa que tenía el Caribe de conservar sus alegrías, sus nostalgias y sus amores.

El 28 de febrero de 2021 el país despertó con una noticia que parecía imposible. Jorge Oñate había emprendido el viaje del que no se regresa. Las emisoras cambiaron su programación, los acordeones sonaron con un tono distinto y miles de seguidores sintieron que se apagaba una de las voces más importantes del folclor. Pero ocurrió lo mismo que sucede con los grandes juglares: el hombre partió, mientras la obra permaneció intacta.

Hoy, cuando en cualquier rincón de Colombia comienza a sonar una de sus interpretaciones, Jorge Oñate vuelve a estar presente. Regresa en la memoria del campesino que lo escuchó en una caseta, del compositor que soñó con entregarle una canción y del joven cantante que encontró en él el ejemplo de que interpretar también es un arte. Su voz sigue viajando por las carreteras del Caribe como antes lo hacían los viejos juglares.

Y quizá por eso, cuando el viento vuelve a detenerse entre los trupillos de La Paz, nadie se sorprende. Tal vez sigue buscando aquella voz que un día aprendió a convertir las historias en canciones y las canciones en eternidad. Porque Jorge Oñate no solo fue «El Jilguero de América». Fue el hombre que le enseñó al vallenato que una gran voz también podía cambiar la historia del folclor.

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